1.- Andrés.
Tenía los ojos negros y grandes como canicas, la piel de color del café, y el cabello espeso y largo como un alambre de púas. Vivía acostumbrada a subir la cabeza para mirar a los ojos a quienes llegaban a su caluroso apartamento.
Ella solo tenía un deseo, deseo que durante la noche hacía latir de ansias su corazón, y estremecer de tristeza todo su cuerpo.
Lo que hacía cuándo no estaba adormecida entre los incómodos pupitres de la tétrica aula, era jugar en la terraza con Andrés, el hermano menor de Samuel... Samuel, tan sabio, tan grande, tan sexy, tan perfecto. La única vez que se hablaron ese año fue en el apartamento de Andrés, durante su cumpleaños. Ella en un tono amistoso y nervioso, le preguntó si esa mujerzuela de pinta dudosa era su novia. Él solo le sonrió y le revolvió el cabello espeso. Por cierto, Samuel era cuatro años mayor que ella.
Por supuesto, por obra y gracia de Andrés, Samuel estaba clarísimo en el efecto adormecedor que tenía sobre ella; y ella muy en el fondo lo sabía también, y se odiaba por tener a Andrés de amigo de confianza.
Un día húmedo de diciembre, ella, silenciosa entre los colgantes adornos navideños, se encontró asomada en la ventana, viendo como las palomas ululaban entre las paredes huecas de los edificios, cuando vió abajo en la terraza, a Samuel y uno de sus amigos jugando fútbol. Fue entonces cuando, tras un relámpago de latidos y esperanza, pensó en bajar y jugar con ellos, aunque esa esperanza de tener una animada charla con Samuel era más que nada una fantasía.
Se metió en el ascensor, e inició el descenso... La luz parpadeó y se abrieron las pesadas puertas, entró Andrés con las manos en la barriga y la lengua entre los dientes, cazando algún pedacito del almuerzo que acababa de engullir. Ella lo vió y se sintió acompañada por primera vez en su presencia, aunque no era lo que esperaba... El hecho de que Andrés estuviera con ella, le hacía salir de su fantasía.
Ya en la terraza, solo se sentó a ver como jugaban Samuel, su amigo, y el estorbo de Andrés, ocupando la atención que Samuel debería darle a ella. Pasaron uno, dos, cinco, y hasta diez minutos de miradas celosas y pensamientos oscuros sobre cómo pudo haber caído en una fantasía tan obvia. Eso fue interrumpido por un pelotazo en el estómago de Andrés. Ella peló bien sus almendrados ojos y se tapó la boca para no dejar escapar una carcajada. Andrés se arrodilló en el suelo y pegó la cabeza de las rodillas. Los muchachos se acercaron a él con voz risueña y lo ayudaron a incorporarse, pero este les respondió con un vómito de sangre y parte del almuerzo.
Los cinco días de rezos y visitas al hospital, se transformaron pronto en nueve días de luto y misas. En su vida había tenido la mente tan despejada. Simplemente no se lo podía creer; ya no le cabía en la cabeza nada que ver con amor, dolor, ansias ni fantasías, simplemente ya no sentía nada.
Estuvo tres horas sentada junto a Samuel, tres horas sin sentir su corazón acelerarse, ni su piel ponerse caliente, ni siquiera sintió la tristeza común de sentirse lejos de quien quieres, teniéndolo tan cerca. Solo por esa vez, decidió no decir nada estúpido para llamar su atención, ni si quiera sabía si la quería, estaba con la cabeza metida en no hacer ruido durante el funeral.
Tenía los ojos negros y grandes como canicas, la piel de color del café, y el cabello espeso y largo como un alambre de púas. Vivía acostumbrada a subir la cabeza para mirar a los ojos a quienes llegaban a su caluroso apartamento.
Ella solo tenía un deseo, deseo que durante la noche hacía latir de ansias su corazón, y estremecer de tristeza todo su cuerpo.
Lo que hacía cuándo no estaba adormecida entre los incómodos pupitres de la tétrica aula, era jugar en la terraza con Andrés, el hermano menor de Samuel... Samuel, tan sabio, tan grande, tan sexy, tan perfecto. La única vez que se hablaron ese año fue en el apartamento de Andrés, durante su cumpleaños. Ella en un tono amistoso y nervioso, le preguntó si esa mujerzuela de pinta dudosa era su novia. Él solo le sonrió y le revolvió el cabello espeso. Por cierto, Samuel era cuatro años mayor que ella.
Por supuesto, por obra y gracia de Andrés, Samuel estaba clarísimo en el efecto adormecedor que tenía sobre ella; y ella muy en el fondo lo sabía también, y se odiaba por tener a Andrés de amigo de confianza.
Un día húmedo de diciembre, ella, silenciosa entre los colgantes adornos navideños, se encontró asomada en la ventana, viendo como las palomas ululaban entre las paredes huecas de los edificios, cuando vió abajo en la terraza, a Samuel y uno de sus amigos jugando fútbol. Fue entonces cuando, tras un relámpago de latidos y esperanza, pensó en bajar y jugar con ellos, aunque esa esperanza de tener una animada charla con Samuel era más que nada una fantasía.
Se metió en el ascensor, e inició el descenso... La luz parpadeó y se abrieron las pesadas puertas, entró Andrés con las manos en la barriga y la lengua entre los dientes, cazando algún pedacito del almuerzo que acababa de engullir. Ella lo vió y se sintió acompañada por primera vez en su presencia, aunque no era lo que esperaba... El hecho de que Andrés estuviera con ella, le hacía salir de su fantasía.
Ya en la terraza, solo se sentó a ver como jugaban Samuel, su amigo, y el estorbo de Andrés, ocupando la atención que Samuel debería darle a ella. Pasaron uno, dos, cinco, y hasta diez minutos de miradas celosas y pensamientos oscuros sobre cómo pudo haber caído en una fantasía tan obvia. Eso fue interrumpido por un pelotazo en el estómago de Andrés. Ella peló bien sus almendrados ojos y se tapó la boca para no dejar escapar una carcajada. Andrés se arrodilló en el suelo y pegó la cabeza de las rodillas. Los muchachos se acercaron a él con voz risueña y lo ayudaron a incorporarse, pero este les respondió con un vómito de sangre y parte del almuerzo.
Los cinco días de rezos y visitas al hospital, se transformaron pronto en nueve días de luto y misas. En su vida había tenido la mente tan despejada. Simplemente no se lo podía creer; ya no le cabía en la cabeza nada que ver con amor, dolor, ansias ni fantasías, simplemente ya no sentía nada.
Estuvo tres horas sentada junto a Samuel, tres horas sin sentir su corazón acelerarse, ni su piel ponerse caliente, ni siquiera sintió la tristeza común de sentirse lejos de quien quieres, teniéndolo tan cerca. Solo por esa vez, decidió no decir nada estúpido para llamar su atención, ni si quiera sabía si la quería, estaba con la cabeza metida en no hacer ruido durante el funeral.
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