viernes, 31 de marzo de 2017

Una triste historia

2.- Charlotte.

Los momentos de furia y berrinches quedaron en el olvido, junto con las sonrisas. Solo quedó una dama de negros rulos, mirada seria, paso firme, y un corazón de piedra.

Pasaba todos los días en taxi frente al cementerio, a lo lejos, en una colina se veía la baldosa blanca con el nombre de "Andres" grabado en su medio. Luego, unas cuadras más adelante, las ventanas amarillentas del grasoso bar donde Samuel se emborrachaba casi todas las noches, donde daba cachetadas en las nalgas de las mujeres y las recibía en sus propias mejillas.

Abría la puerta de su apartamento, simplemente la misma pieza pequeña y aburrida de siempre. Hechaba una mirada en su nevera, no había nada... Lo hacía de nuevo una y otra vez hasta que realmente entendía que no había nada que llevarse a la boca. Tenía tanta hambre pero estaba tan cansada del trabajo que simplemente se quitó los zapatos y se acostó en su cama, en donde durmió calurosamente.

Se despertó en medio de un mar de sudor, con la piel pegada a las sábanas y el cabello pegado a la piel. No entraba luz a su habitación, por lo que no sabía que hora era, ni qué día era, ni cuánto tiempo había dormido. Se levanto odiando al mundo, al tiempo, a la vida, a si misma, lo odiaba todo y a todos. Abrió la puerta de la nevera y odió esta vez con más fuerza a la humanidad.

Veía el cielo radiente mientras esperaba el autobus, a medida que crecía era más dificil encontrarle forma a las nubes, como si estas fueran siempre más abstractas; miraba con atención a ver si encontraba figuras similares a las tortugas bicéfalas o a los leones de bocas inmensas que veía cuando era niña. No dió resultado. El vehículo público llegó a la parada empañando sus ojos de humo, ella subió, pagó con rabia el pasaje y se dirigo a los acientos traseros; mientras caminaba no pudo evitar poner la mirada en un muchacho largo y un poco encorbado, con el cabello ondulado callendo como una espesa cascada sobre su cuello, unos ojos grandes pero de aspecto cansado y piel morena. En ese momento le pareció lo más tierno y, de alguna forma, bello que había visto en mucho tiempo. Se sentó inmediatamente detrás de él, y no dejó de mirarlo con una inadvertida tristeza. El autobus llegó a la parada más cercana al supermercado, ella se levantó y pidió al chofer que abriera la puerta de atrás, no pasó nada; se dispuso a gritar cuando el muchacho se le adelantó; la puerta se abrió y este le logró atinar una sonrisa antes de que ella lo perdiera de vista, se quedo anonada pensando en su voz, en sus ojos, en la forma tierna de su cuerpo, y terminó sintiendo que su corazón se rompía por el simple hecho de no volver a verlo, un dolor rápido, fugaz y profundo, como un golpe en el dedo pequeño del pie.

Salió del supermercado pensativa, un poco triste todavía pero divertida por lo que había pasado; le parecía gracioso de alguna forma. No tenía ganas de andar en autobus, así que tomó aire y se preparó para caminar. Cerca de su casa, encontró al mismo muchacho hablando con algunas personas en una panadería... Se quedó paralizada, realmente le parecía una broma de muy mal gusto por parte del destino; se le quedó mirando con asombro hasta que este se dio cuenta, devolviéndole una mirada seria. Ella continuó su camino un poco exaltada por la aventura de ese día.










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